Salió a la calle con su ropa de lluvia, sabía bien qué dirección tomar, se metió entre los árboles, donde el cielo se cerraba con mayor obscuridad, entre la negrura de las nubes y la frondosidad de la vegetación de aquel rincón del parque.
Sus botas iban salpicándose del agua que caia suave pero intensamente, poco a poco iba notando como la humedad iba penetrando hasta calar sus huesos. Le gustaba pasear y mojarse, cuanto más se ennegrecía el cielo y más agua caía, más agradable era la sensación de ir perdiéndose en aquel túnel de ramas y lluvia.
El estanque se iba aproximando a medida que la arboleda iba quedándose atrás, por fin alcanzó la orilla y observó como la superficie llena de agujeritos tenia un sonido diferente del resto.
Hoy no se veía ningún ave de las que habitualmente iba a beber o a jugar en el agua, tampoco había paseantes jubilados, ni mamás con niños, estaba solo con la lluvia y los sonidos que producía, se sentía agradablemente entre aquella humedad suave y lánguida.
En su mente iba apareciendo músicas y colores de tonos grises y azulados, sentía como su propio cuerpo se deslizaba flotando y resbalando dentro de la niebla que lo envolvía y giraba rodando rodando y volaba como una hoja o como un pajarito arrastrado por sus propios sueños.
Veía como los árboles entrelazaban sus ramas y un sin fin de arcos de hojas iba apareciendo a su alrededor y rodeándolo mientras volaban sobre el estanque. Dentro de él distinguía exactamente como sonaban campanitas de diferentes tonalidades, eran las gotas que iba cayendo en la hierba, en el agua, sobre las hojas, la tierra, los charcos, con aquella música seguía girando y disfrutando de su baile bajo la lluvia.
Poco a poco se había enredado emborrachandose entre las burbujas pesadas de aquel líquido grisáceo que tropezaba con su piel mareándolo cada vez más vertiginoso. Ya no veía nada, solo sentía el sonido del agua y la humedad y un frío que paulatinamente lo invadía girando a su alrededor. Casi no sentía su cuerpo, era como si se le hubiese despendido y convertido en hielo.
La noche iba deshaciéndolo todo y el estanque y los árboles desaparecían poco a poco como si un pintor los hubiera embarrando en una tenebrosa negritud. El mismo continuaba diluyéndose a medida que sus giros húmedos lo deshacían. Por entre la niebla repentinamente, un trozo de luna rompió la obscuridad, pero ya era demasiado tarde. Sus células se transformaron en liquido cristal que ya se confundía con el resto del túnel negro y húmedo.
A la mañana siguiente los jardineros solamente encontraron una gabardina mojada y un paraguas negro que depositaron con el resto de las hojas y papeles en el cubo de las basuras.